Diez días que estremecieron al mundo
John Reed
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El libro que tienes en tus manos es uno de los más notables que se haya escrito nunca. Sus páginas contienen, además, una rabiosa actualidad porque lo que relatan es –nada más y nada menos- que la irrupción de la gente común en la dirección de los asuntos que involucran a la humanidad, desde la paz para poner fin a la mayor carnicería que se había registrado hasta la fecha, hasta el reparto de la tierra entre los campesinos y las fábricas entre los obreros…
La mirada delicada y profunda de John Reed y su capacidad de estampar sentimientos y afectos en negro sobre blanco, lo convirtieron en uno de los más finos cronistas de los grandes hechos que sacudieron a la humanidad, como las revoluciones rusa y mexicana, a las que dedicó sus mejores párrafos. Su relato tiene el magnetismo del embrujo con el que atrapa al lector y la rigurosidad del analista comprometido con los seres humanos que se rebelan, la gente sencilla de abajo y a la izquierda, a la que amaba y por la que entregó su vida.
Por las páginas de este maravilloso libro desfilan los pobres de la ciudad y del campo. Los obreros que tomaron las fábricas y se alistaron, armas en mano, en la “guardia roja” devenida en fuerza de choque contra la reacción. Los soldados y los campesinos –indistinguibles en la Rusia zarista- que se organizaron en los frentes de combate desafiando a los generales, formaron los soviets de soldados que en los momentos decisivos de la revolución, torcieron el rumbo de la historia a favor de las tesis de Lenin, que llamaba a la toma del poder para entregarlo inmediatamente a los soviets de obreros, soldados y campesinos.
Aunque provenía de una familia burguesa, Reed se comprometió muy pronto –a los 24 años- con las causas revolucionarias. Acompañó a Pancho Villa por las agrestes llanuras del norte de México y siguió de cerca las huelgas de los mineros de Colorado, en el país que lo vio nacer. Era un cronista un tanto especial. En el México insurgente (así se titula su libro sobre la revolución villista y zapatista) convivió con los soldados y los campesinos pobres, porque creía sinceramente que eran los sujetos de la historia. Aunque mantenía fluidas relaciones con los dirigentes rebeldes, nunca se dejó seducir por la facilidad que otorga el codearse con el poder, y optaba una y otra vez por estar en la línea del frente, poniendo el cuerpo junto a los combatientes…
…Es mucho más que un maravilloso libro de historia. Es un libro-brújula de gran valor para orientarnos en estos momentos de caos sistémico, de tormentas y borrascas que nublan la visión. Aunque brilla como pocos, tampoco es un faro que nos indique el camino. Cada pueblo deberá desbrozarlo como mejor pueda. No habrá, por tanto, ejemplos a imitar o caminos trazados para recorrer. Sería tanto como la negación de la emancipación.
Diez días que estremecieron el mundo es algo mayor y más sencillo. Nos muestra, con la contumaz contundencia del ejemplo vivo, que los de abajo pueden, que no necesitan reyes ni tribunos que los salven, que ellas y ellos son capaces de labrarse el destino que elijan. Para cincelar esa convicción, el trabajo de John Reed es seguramente el más preciso escalpelo, porque nos muestra –desnuda– la ética del compromiso de vida, que tanta falta nos está haciendo para perseverar a contrapelo del capitalismo.

Raúl Zibechi

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Diez días que estremecieron al mundo
John Reed

El libro que tienes en tus manos es uno de los más notables que se haya escrito nunca. Sus páginas contienen, además, una rabiosa actualidad porque lo que relatan es –nada más y nada menos- que la irrupción de la gente común en la dirección de los asuntos que involucran a la humanidad, desde la paz para poner fin a la mayor carnicería que se había registrado hasta la fecha, hasta el reparto de la tierra entre los campesinos y las fábricas entre los obreros…
La mirada delicada y profunda de John Reed y su capacidad de estampar sentimientos y afectos en negro sobre blanco, lo convirtieron en uno de los más finos cronistas de los grandes hechos que sacudieron a la humanidad, como las revoluciones rusa y mexicana, a las que dedicó sus mejores párrafos. Su relato tiene el magnetismo del embrujo con el que atrapa al lector y la rigurosidad del analista comprometido con los seres humanos que se rebelan, la gente sencilla de abajo y a la izquierda, a la que amaba y por la que entregó su vida.
Por las páginas de este maravilloso libro desfilan los pobres de la ciudad y del campo. Los obreros que tomaron las fábricas y se alistaron, armas en mano, en la “guardia roja” devenida en fuerza de choque contra la reacción. Los soldados y los campesinos –indistinguibles en la Rusia zarista- que se organizaron en los frentes de combate desafiando a los generales, formaron los soviets de soldados que en los momentos decisivos de la revolución, torcieron el rumbo de la historia a favor de las tesis de Lenin, que llamaba a la toma del poder para entregarlo inmediatamente a los soviets de obreros, soldados y campesinos.
Aunque provenía de una familia burguesa, Reed se comprometió muy pronto –a los 24 años- con las causas revolucionarias. Acompañó a Pancho Villa por las agrestes llanuras del norte de México y siguió de cerca las huelgas de los mineros de Colorado, en el país que lo vio nacer. Era un cronista un tanto especial. En el México insurgente (así se titula su libro sobre la revolución villista y zapatista) convivió con los soldados y los campesinos pobres, porque creía sinceramente que eran los sujetos de la historia. Aunque mantenía fluidas relaciones con los dirigentes rebeldes, nunca se dejó seducir por la facilidad que otorga el codearse con el poder, y optaba una y otra vez por estar en la línea del frente, poniendo el cuerpo junto a los combatientes…
…Es mucho más que un maravilloso libro de historia. Es un libro-brújula de gran valor para orientarnos en estos momentos de caos sistémico, de tormentas y borrascas que nublan la visión. Aunque brilla como pocos, tampoco es un faro que nos indique el camino. Cada pueblo deberá desbrozarlo como mejor pueda. No habrá, por tanto, ejemplos a imitar o caminos trazados para recorrer. Sería tanto como la negación de la emancipación.
Diez días que estremecieron el mundo es algo mayor y más sencillo. Nos muestra, con la contumaz contundencia del ejemplo vivo, que los de abajo pueden, que no necesitan reyes ni tribunos que los salven, que ellas y ellos son capaces de labrarse el destino que elijan. Para cincelar esa convicción, el trabajo de John Reed es seguramente el más preciso escalpelo, porque nos muestra –desnuda– la ética del compromiso de vida, que tanta falta nos está haciendo para perseverar a contrapelo del capitalismo.

Raúl Zibechi

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John Reed

Nació el 22 de octubre de 1887 en Portland, Oregón (Estados Unidos). Fue un niño enfermizo que creció rodeado de enfermeras, criados y compañeros de juego de clase alta cuidadosamente seleccionados. Cursó estudios en la Universidad de Harvard.
En 1911 viajó a México como corresponsal de guerra del Metropolitan Magazine, donde sus entrevistas y reportajes sobre la Revolución tuvieron un gran éxito. Dos años después trabaja para el periódico radical The Masses. Acompañó a Francisco Villa en sus ataques por el norte de México, convivió con los soldados y conoció a Venustiano Carranza, presidente de este país. Todas sus impresiones sobre la Revolución Mexicana las recogió en el libro México Insurgente.
También escribió sobre las huelgas de los mineros de Colorado (EE.UU) en 1914 y cuando estalló la I Guerra Mundial, volvió a trabajar como corresponsal de guerra. En 1916 escribe sobre la guerra en el este de Europa. Durante su visita a Rusia, entabla amistad con Lenin y presencia la toma del poder por parte de los bolcheviques en Petrogrado en 1917.
Su obra más famosa es Diez días que estremecieron al mundo (1919), relato sobre la Revolución bolchevique. A su regreso a EE.UU, junto con otros miembros, fue expulsado del Congreso Socialista Nacional de agosto de 1919. El grupo disidente formó el Partido Comunista de Estados Unidos.
Acusado de espionaje, escapó a la Unión Soviética, donde murió de tifus el 17 de octubre de 1920 en Moscú y siendo enterrado en el Kremlin junto a otros líderes bolcheviques.

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