El “mundo otro” en movimiento
Movimientos sociales en América Latina
Raúl Zibechi
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Postulo que en América Latina existen muchos movimientos sociales pero, junto a ellos, superpuestos, entrelazados y combinados de formas complejas, tenemos sociedades otras que se mueven no sólo para reclamar o hacer valer sus derechos ante el Estado, sino que construyen realidades distintas a las hegemónicas (ancladas en relaciones sociales heterogéneas frente a la homogeneidad sistémica), que abarcan todos los aspectos de la vida, desde la sobrevivencia hasta la educación y la salud. Esto ha sido posible porque los pueblos organizados han recuperado tierras y espacios y en ellos se han territorializado, que es una de las principales diferencias respecto a lo que sucede en otras partes del mundo y de modo muy particular en el Norte.
“Nuestro mundo”, el mundo desde el que hablamos/sentimos/escribimos, ha crecido y se ha expandido de forma notable en las últimas décadas. Parece necesario iluminarlo, hacerlo visible para entender desde dónde hacemos y desde qué lugares estamos transformando el mundo.
En Colombia funcionan 12 mil acueductos comunitarios que son responsables del 40% de la provisión del servicio de agua en zonas rurales y de casi el 20% en algunas ciudades. Cada acueducto es sostenido por una o varias comunidades organizadas que toman sus decisiones en asambleas, que autogestionan el servicio de agua de forma democrática (Red Nacional de Acueductos Comunitarios, 2015).
En Argentina hay casi 400 fábricas recuperadas y 100 bachilleratos populares que ya tienen más de una década y siguieron creciendo durante el período de expansión de la economía, porque recuperar una empresa en crisis o abandonada por los patrones se ha convertido en el sentido común de miles de trabajadores. Los bachilleratos populares funcionan en fábricas recuperadas por sus trabajadores, en sindicatos y en organizaciones territoriales en barrios populares (GEMSEP, 2015). Hay más de 16 mil asociaciones comunitarias en todo el país, de los más diversos emprendimientos productivos.
Un reciente censo de la Asociación de Revistas Culturales Independientes Autogestivas, revela que sólo en ese sector hay casi 200 revistas, tanto en papel como digitales, que la mayoría nacieron desde 2011 (cuando comenzó la reactivación de nuevos movimientos), que la mayor parte son cooperativas y que trabajan poco más de mil personas que las distribuyen mano a mano o en centros sociales y culturales. Pese a contar con escaso apoyo estatal, estas publicaciones llegan a cinco millones de lectores mensuales (un millón las revistas impresas y cuatro millones de visitas en las webs), lo que equivale a un 15% de la población y un porcentaje mucho mayor de los lectores habituales (AReCIA, 2016). A ellas hay que sumarles las radios comunitarias que tienen una larga tradición en Argentina, pero sobre todo en Bolivia y Ecuador.
En México se han censado 2.280 emprendimientos sustentables implementados por colectivos sociales en áreas que van desde la agricultura y el café orgánico hasta el ahorro y la educación/capacitación. Son proyectos sostenidos por comunidades, ejidos, cooperativas o sociedades, o sea por grupos humanos organizados territorialmente que producen y reproducen la vida. Lo más notable es que en 2006 había la mitad de proyectos (1.126) y que se duplicaron pese a (o por) la guerra desatada por el Estado mexicano contra los pueblos (Toledo y Ortiz-Espejel, 2014).
El movimiento de economía solidaria en Brasil cuenta con 30 mil emprendimientos, tres millones de personas y es responsable del 3% del PIB del país (FBES, 2011). Además, 25 millones de hectáreas han sido recuperadas por la reforma agraria desde abajo, que realizan los movimientos sin tierra. Son dos millones de personas que han construido 1.500 escuelas que funcionan en base a una pedagogía de la tierra diferente a las pedagogías estatales.
Son apenas una fracción de las múltiples construcciones populares en ciudades y campos en apenas cuatro países, ya que no contamos con un “censo” de iniciativas de abajo. En cada país cualquier lector puede hacer una lista de las iniciativas que conoce, con resultados que lo van a sorprender. Son decenas de miles de construcciones en las que participan millones de personas en tiempos “normales”, pero que se expanden de forma vertical durante las crisis. Pensemos que en Argentina durante la crisis de 2001 hubo 5 millones de personas involucradas en las ferias de trueque, un tercio de la fuerza laboral del país. Sólo en el estado mexicano de Guerrero hubo 20 mil personas que se armaron para defenderse durante el período más álgido de la violencia policial y delincuencial. En ambos países eran, en tiempos “normales”, muy pocas las personas que tomaban la decisión de practicar el trueque o tomar las armas para defenderse.
Nombrar este vasto universo como movimientos sociales, es encasillarlo en un concepto fraguado para otras realidades, que puede tener cierta utilidad descriptiva, pero obtura la comprensión de prácticas colectivas diversas –casi siempre contrahegemónicas y en ocasiones anticapitalistas–, aunque algunas reproducen los moldes del sistema aunque sean dirigidas por los de abajo. Estas construcciones son nombradas por el zapatismo como “una casa nueva” en la que caben “muchos mundos”. Por eso mismo nombrarnos como movimiento social –que inevitablemente se referencia en el Estado– no es conveniente ni justo con lo que se está haciendo en tantos rincones de nuestro continente. Como las realidades y las construcciones son diversas, aceptemos que se nombren con los más diversos nombres: pueblos, naciones, sectores populares, clases, sociedad civil organizada, poderes de abajo y, si todavía se quiere, movimientos sociales. No vamos a pelear por nombres ni por fraguar conceptos.
Este trabajo se propone acompañar los cambios en las resistencias y luchas de los de abajo, con el objetivo de permitir a los activistas comprender mejor lo que está sucediendo en los espacios en que se organizan y actúan, lo que puede contribuir a hacer más potente su militancia.
He optado por partir de un trabajo realizado hace 15 años, hacia fines de 2002, para proceder a una lectura auto-crítica, mostrando las insuficiencias de aquello que pensamos al filo del ciclo de luchas anterior. La revisión de aquel texto se hace a la luz de todo lo que han hecho los pueblos organizados en este tiempo.
El segundo capítulo resume las, que creo, son las principales características de las resistencias en este período, haciendo hincapié en que vivimos la crisis final del sistema-mundo capitalista. Los movimientos del abajo transitan dos modos simultáneos de cambiar el mundo: la resistencia a los poderosos y la construcción de la “casa nueva”. Esta característica se deriva de que el capitalismo actual en su fase de despojo y guerra contra los pueblos, pretende destruirnos para convertir la naturaleza en mercancías. El resultado es que los pueblos no tienen un lugar en el sistema y que para poder resistir y sobrevivir necesitan crear algo nuevo.
El tercer capítulo aborda los nuevos pensamientos que nacen entre los de abajo, que también son autónomos a la hora de analizar la realidad, pensarse como colectivos y proyectar su futuro; y el cuarto se focaliza en las metodologías de investigación académicas, que suelen reproducir los moldes coloniales. En ambos capítulos se trata de mostrar cómo los sujetos colectivos están siendo capaces de trabajar en base a criterios, culturas e identidades propias, diferentes a los modos hegemónicos, aunque buena parte de ellos han comenzado desde la educación popular y, al profundizarla, crean nuevos modos de autoeducación en movimiento.
Para los lectores que se acercan por primera vez al tema, tal vez sea más adecuado empezar con el Apéndice, ya que el capítulo 1 es un largo comentario sobre ese trabajo y de ese modo podrán tener un hilo temporal más adecuado sobre los movimientos. He procurado reducir al mínimo las citas al pie de página y las referencias bibliográficas para facilitar la lectura, que es el objetivo de este trabajo.

Raúl Zibechi

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El “mundo otro” en movimiento
Movimientos sociales en América Latina
Raúl Zibechi

Postulo que en América Latina existen muchos movimientos sociales pero, junto a ellos, superpuestos, entrelazados y combinados de formas complejas, tenemos sociedades otras que se mueven no sólo para reclamar o hacer valer sus derechos ante el Estado, sino que construyen realidades distintas a las hegemónicas (ancladas en relaciones sociales heterogéneas frente a la homogeneidad sistémica), que abarcan todos los aspectos de la vida, desde la sobrevivencia hasta la educación y la salud. Esto ha sido posible porque los pueblos organizados han recuperado tierras y espacios y en ellos se han territorializado, que es una de las principales diferencias respecto a lo que sucede en otras partes del mundo y de modo muy particular en el Norte.
“Nuestro mundo”, el mundo desde el que hablamos/sentimos/escribimos, ha crecido y se ha expandido de forma notable en las últimas décadas. Parece necesario iluminarlo, hacerlo visible para entender desde dónde hacemos y desde qué lugares estamos transformando el mundo.
En Colombia funcionan 12 mil acueductos comunitarios que son responsables del 40% de la provisión del servicio de agua en zonas rurales y de casi el 20% en algunas ciudades. Cada acueducto es sostenido por una o varias comunidades organizadas que toman sus decisiones en asambleas, que autogestionan el servicio de agua de forma democrática (Red Nacional de Acueductos Comunitarios, 2015).
En Argentina hay casi 400 fábricas recuperadas y 100 bachilleratos populares que ya tienen más de una década y siguieron creciendo durante el período de expansión de la economía, porque recuperar una empresa en crisis o abandonada por los patrones se ha convertido en el sentido común de miles de trabajadores. Los bachilleratos populares funcionan en fábricas recuperadas por sus trabajadores, en sindicatos y en organizaciones territoriales en barrios populares (GEMSEP, 2015). Hay más de 16 mil asociaciones comunitarias en todo el país, de los más diversos emprendimientos productivos.
Un reciente censo de la Asociación de Revistas Culturales Independientes Autogestivas, revela que sólo en ese sector hay casi 200 revistas, tanto en papel como digitales, que la mayoría nacieron desde 2011 (cuando comenzó la reactivación de nuevos movimientos), que la mayor parte son cooperativas y que trabajan poco más de mil personas que las distribuyen mano a mano o en centros sociales y culturales. Pese a contar con escaso apoyo estatal, estas publicaciones llegan a cinco millones de lectores mensuales (un millón las revistas impresas y cuatro millones de visitas en las webs), lo que equivale a un 15% de la población y un porcentaje mucho mayor de los lectores habituales (AReCIA, 2016). A ellas hay que sumarles las radios comunitarias que tienen una larga tradición en Argentina, pero sobre todo en Bolivia y Ecuador.
En México se han censado 2.280 emprendimientos sustentables implementados por colectivos sociales en áreas que van desde la agricultura y el café orgánico hasta el ahorro y la educación/capacitación. Son proyectos sostenidos por comunidades, ejidos, cooperativas o sociedades, o sea por grupos humanos organizados territorialmente que producen y reproducen la vida. Lo más notable es que en 2006 había la mitad de proyectos (1.126) y que se duplicaron pese a (o por) la guerra desatada por el Estado mexicano contra los pueblos (Toledo y Ortiz-Espejel, 2014).
El movimiento de economía solidaria en Brasil cuenta con 30 mil emprendimientos, tres millones de personas y es responsable del 3% del PIB del país (FBES, 2011). Además, 25 millones de hectáreas han sido recuperadas por la reforma agraria desde abajo, que realizan los movimientos sin tierra. Son dos millones de personas que han construido 1.500 escuelas que funcionan en base a una pedagogía de la tierra diferente a las pedagogías estatales.
Son apenas una fracción de las múltiples construcciones populares en ciudades y campos en apenas cuatro países, ya que no contamos con un “censo” de iniciativas de abajo. En cada país cualquier lector puede hacer una lista de las iniciativas que conoce, con resultados que lo van a sorprender. Son decenas de miles de construcciones en las que participan millones de personas en tiempos “normales”, pero que se expanden de forma vertical durante las crisis. Pensemos que en Argentina durante la crisis de 2001 hubo 5 millones de personas involucradas en las ferias de trueque, un tercio de la fuerza laboral del país. Sólo en el estado mexicano de Guerrero hubo 20 mil personas que se armaron para defenderse durante el período más álgido de la violencia policial y delincuencial. En ambos países eran, en tiempos “normales”, muy pocas las personas que tomaban la decisión de practicar el trueque o tomar las armas para defenderse.
Nombrar este vasto universo como movimientos sociales, es encasillarlo en un concepto fraguado para otras realidades, que puede tener cierta utilidad descriptiva, pero obtura la comprensión de prácticas colectivas diversas –casi siempre contrahegemónicas y en ocasiones anticapitalistas–, aunque algunas reproducen los moldes del sistema aunque sean dirigidas por los de abajo. Estas construcciones son nombradas por el zapatismo como “una casa nueva” en la que caben “muchos mundos”. Por eso mismo nombrarnos como movimiento social –que inevitablemente se referencia en el Estado– no es conveniente ni justo con lo que se está haciendo en tantos rincones de nuestro continente. Como las realidades y las construcciones son diversas, aceptemos que se nombren con los más diversos nombres: pueblos, naciones, sectores populares, clases, sociedad civil organizada, poderes de abajo y, si todavía se quiere, movimientos sociales. No vamos a pelear por nombres ni por fraguar conceptos.
Este trabajo se propone acompañar los cambios en las resistencias y luchas de los de abajo, con el objetivo de permitir a los activistas comprender mejor lo que está sucediendo en los espacios en que se organizan y actúan, lo que puede contribuir a hacer más potente su militancia.
He optado por partir de un trabajo realizado hace 15 años, hacia fines de 2002, para proceder a una lectura auto-crítica, mostrando las insuficiencias de aquello que pensamos al filo del ciclo de luchas anterior. La revisión de aquel texto se hace a la luz de todo lo que han hecho los pueblos organizados en este tiempo.
El segundo capítulo resume las, que creo, son las principales características de las resistencias en este período, haciendo hincapié en que vivimos la crisis final del sistema-mundo capitalista. Los movimientos del abajo transitan dos modos simultáneos de cambiar el mundo: la resistencia a los poderosos y la construcción de la “casa nueva”. Esta característica se deriva de que el capitalismo actual en su fase de despojo y guerra contra los pueblos, pretende destruirnos para convertir la naturaleza en mercancías. El resultado es que los pueblos no tienen un lugar en el sistema y que para poder resistir y sobrevivir necesitan crear algo nuevo.
El tercer capítulo aborda los nuevos pensamientos que nacen entre los de abajo, que también son autónomos a la hora de analizar la realidad, pensarse como colectivos y proyectar su futuro; y el cuarto se focaliza en las metodologías de investigación académicas, que suelen reproducir los moldes coloniales. En ambos capítulos se trata de mostrar cómo los sujetos colectivos están siendo capaces de trabajar en base a criterios, culturas e identidades propias, diferentes a los modos hegemónicos, aunque buena parte de ellos han comenzado desde la educación popular y, al profundizarla, crean nuevos modos de autoeducación en movimiento.
Para los lectores que se acercan por primera vez al tema, tal vez sea más adecuado empezar con el Apéndice, ya que el capítulo 1 es un largo comentario sobre ese trabajo y de ese modo podrán tener un hilo temporal más adecuado sobre los movimientos. He procurado reducir al mínimo las citas al pie de página y las referencias bibliográficas para facilitar la lectura, que es el objetivo de este trabajo.

Raúl Zibechi

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Raúl Zibechi

Periodista uruguayo, forma parte del equipo del Semanario Brecha de Uruguay, colaborador de La Jornada de México, Rebelión.org y de otros medios de América Latina.
Ha publicado junto a Quimantú sus libros “Dispersar el poder, los movimientos como poderes antiestatales”, “Autonomías y emancipaciones. América Latina en movimiento”, “Progresismo, la domesticación de los conflictos sociales”, “Brasil Potencia, entre la integración regional y un nuevo imperialismo”, “Descolonizar el pensamiento crítico y las prácticas emancipatorias” y “Vientos sobre el progresismo. Cultivando el Sumak Kawsay”, “Cambiar el mundo desde arriba”, “Latiendo Resistencia”, “El mundo otro en movimiento” y, muy pronto, “La Revolución de 1968 desde América Latina”.
Ganador del Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí 2003, por sus investigaciones sobre los movimientos de resistencia que se gestaron en diciembre del 2000 en Argentina, y Doctor Honoris Causa de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), en Bolivia, como reconocimiento a su trabajo con los derechos del pueblo y con la aspiración legítima de su liberación. Es activo colaborador con organizaciones sociales, barriales y medios de comunicación alternativos.

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