Vientos sobre el progresismo. Cultivando el Sumak Kawsay
Raúl Zibechi
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Los gobiernos progresistas, desde los más tibios a los más consecuentes, han mostrado ser dispositivos eficientes para desarticular movimientos sociales y apaciguar las protestas. Incrustando una porción de luchadores sociales en las instituciones, adoptando el mismo discurso de la calle, adaptando sus demandas a las lógicas estatales, consiguen el milagro de devolver a cientos de miles de indignados a sus casas, donde reciben compensaciones focalizadas para reducir los estragos de la pobreza sin mover un ápice la desigualdad ni el lugar estructural de los de abajo.
La última década ha sido prodigiosa, en este sentido, en América Latina. Los administradores progres de los estados se mostraron como aventajados discípulos de los gerentes del Banco Mundial a la hora de pergeñar nuevas y más sofisticadas políticas sociales para domesticar y cooptar movimientos, recurriendo sin escrúpulos a la represión cuando los muros de contención fueron desbordados. En Chile, la Concertación no tuvo empacho en travestirse y permitir, incluso, el ingreso de militantes comunistas al gobierno, sin modificar sus políticas neoliberales. Nada escatiman para evitar la protesta.
Sin embargo, cuando los movimientos consiguen atravesar el pantano pegajoso del progresismo, suelen salir fortalecidos. No es tarea sencilla. Requiere no bajar los brazos, comprender el período actual, no tenerle miedo al aislamiento ni a la represión. Al hacerlo, al persistir en la lucha, los movimientos consiguen poner en evidencia que el progresismo se ha convertido en nueva forma de dominación.
En este trabajo aparecen los dos procesos: el nacimiento de una nueva generación de movimientos y el despliegue del modelo progresista/extractivista en una disputa que abarca todo el continente.
Sostengo que las protestas de junio de 2013, en 353 ciudades brasileñas, marcan el comienzo del ocaso del progresismo, aunque seguirá ganando elecciones durante buen tiempo. Lo que quiero destacar, es el que el ciclo progresista se inició de abajo arriba en 1989 con el Caracazo, la primera gran protesta social contra los paquetes de ajuste estructural. El día que bajaron de los cerros, comenzó a escribirse una historia nueva en la región.
Le siguieron decenas de estallidos, alzamientos populares, insurrecciones, desde el levantamiento del Inti Raymi en Ecuador, en 1990, protagonizado por la Confederación de Nacionalidad Indígenas del Ecuador (CONAIE), pasando por el alzamiento zapatista de 1994, la rebelión popular que derrocó al presidente Abdalá Bucaram en Ecuador, en 1997, el Marzo Paraguayo de 1999 que hizo entrar en crisis a los gobiernos colorados. Ya en el nuevo siglo, destacan la Guerra del Agua y las dos Guerras del Gas en Bolivia (2000, 2003 y 2005), el Argentinazo de diciembre de 2001, la exitosa lucha campesina contra las privatizaciones en Paraguay en 2002, el levantamientos popular en Arequipa, Perú, contra las privatizaciones en 2002, y la movilización venezolana contra el golpe de estado en febrero de ese mismo año.
Este conjunto impresionante de luchas populares, modificaron la relación de fuerzas en nuestro continente, colocaron a los partidos neoliberales a la defensiva y facilitaron el acceso a los gobiernos de partidos y líderes opuestos al modelo asentado en el Consenso de Washington.
Junio de 2013, siempre es bueno poner una fecha emblemática, supone un viraje, un cambio de clima político que podemos resumir en una frase de cuño gramsciano: se terminó el consenso pasivo de las clases subalternas. Es cierto que en cada país se pueden colocar fechas distintas. La ocupación del Parque Indoamericano, en diciembre de 2010 en Buenos Aires, marca el comienzo de la reorganización de los sectores populares urbanos luego de una larga década de repliegue y cooptación por el kirchnerismo. La lucha contra la mina aurífera Conga en Perú, puede sumarse a dicha genealogía, caracterizada por la emergencia de nuevos sujetos colectivos.
Este trabajo quiere visibilizar algunos de estos procesos. Una parte de los artículos se refieren a los movimientos brasileños, desde la solitaria y pertinaz lucha de las Maes de Maio contra la impunidad, hasta la organización de los Sin Techo, los Comités Populares contra el Mundial y el Movimento Passe Livre, que protagonizó las jornadas de junio.
La experiencia de la Corriente Villera Independiente en Argentina recoge lo mejor del movimiento piquetero, focalizado ahora en las villas donde han conseguido crear y mantener espacios autónomos. Las organizaciones de mujeres paraguayas de los sectores populares, tanto campesinas como urbanas, han atravesado el período progresista de Fernando Lugo sin dejarse cooptar, y están mostrando la suficiente vitalidad y energía como para considerarlas uno de los núcleos de la recomposición del movimiento popular.
En la ciudad de México, gobernada hace décadas por el progresismo local, los barrios del Frente Popular Francisco Villa son muestra cabal de que, incluso en la gran ciudad, pueden nacer y crecer experiencias de autonomía y autogobierno. En la Venezuela chavista, la cooperativa de cooperativas CECOSESOLA es una de las más avanzadas experiencias colectivas de producción y distribución a gran escala, con gestión democrática de todos los espacios, incluyendo un maravilloso centro de salud.
Si hubiera que establecer un patrón común de estos movimientos, a los que debemos sumar los movimientos bolivianos y peruanos, los estudiantes agrupados en la ACES y los pobladores del MPL en Chile, podría resumirse en una palabra: autonomía. En el acierto o el error, han decidido tomar la vida en sus manos, construir sus propios espacios, abrir brechas en los territorios del poder para crear un mundo nuevo, diferente, no capitalista, en los márgenes del sistema.
Estamos ante una nueva generación de movimientos, diferentes a los que emergieron en las décadas de 1980 y 1990 en resistencia al modelo neoliberal. Los “nuevos nuevos” movimientos son menos jerárquicos, más horizontales, más adaptados para encarnar la vida cotidiana de los nuevos actores: jóvenes, mujeres, pobladores, indígenas y pobres en general. Son, por eso mismo, más heterogéneos y, sobre todo, no pretenden que la homogeneidad sea señal de buena salud ni de fortaleza política. Estos movimientos de nuevo tipo, sociedades en movimiento, cajas de resonancia de los abajos que se mueven, son el mayor motivo que tenemos hoy, por encima de todas las dificultades de este período tan difícil, para recuperar la esperanza y darle un sentido a lo que hacemos.

Raúl Zibechi

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Vientos sobre el progresismo. Cultivando el Sumak Kawsay
Raúl Zibechi

Los gobiernos progresistas, desde los más tibios a los más consecuentes, han mostrado ser dispositivos eficientes para desarticular movimientos sociales y apaciguar las protestas. Incrustando una porción de luchadores sociales en las instituciones, adoptando el mismo discurso de la calle, adaptando sus demandas a las lógicas estatales, consiguen el milagro de devolver a cientos de miles de indignados a sus casas, donde reciben compensaciones focalizadas para reducir los estragos de la pobreza sin mover un ápice la desigualdad ni el lugar estructural de los de abajo.
La última década ha sido prodigiosa, en este sentido, en América Latina. Los administradores progres de los estados se mostraron como aventajados discípulos de los gerentes del Banco Mundial a la hora de pergeñar nuevas y más sofisticadas políticas sociales para domesticar y cooptar movimientos, recurriendo sin escrúpulos a la represión cuando los muros de contención fueron desbordados. En Chile, la Concertación no tuvo empacho en travestirse y permitir, incluso, el ingreso de militantes comunistas al gobierno, sin modificar sus políticas neoliberales. Nada escatiman para evitar la protesta.
Sin embargo, cuando los movimientos consiguen atravesar el pantano pegajoso del progresismo, suelen salir fortalecidos. No es tarea sencilla. Requiere no bajar los brazos, comprender el período actual, no tenerle miedo al aislamiento ni a la represión. Al hacerlo, al persistir en la lucha, los movimientos consiguen poner en evidencia que el progresismo se ha convertido en nueva forma de dominación.
En este trabajo aparecen los dos procesos: el nacimiento de una nueva generación de movimientos y el despliegue del modelo progresista/extractivista en una disputa que abarca todo el continente.
Sostengo que las protestas de junio de 2013, en 353 ciudades brasileñas, marcan el comienzo del ocaso del progresismo, aunque seguirá ganando elecciones durante buen tiempo. Lo que quiero destacar, es el que el ciclo progresista se inició de abajo arriba en 1989 con el Caracazo, la primera gran protesta social contra los paquetes de ajuste estructural. El día que bajaron de los cerros, comenzó a escribirse una historia nueva en la región.
Le siguieron decenas de estallidos, alzamientos populares, insurrecciones, desde el levantamiento del Inti Raymi en Ecuador, en 1990, protagonizado por la Confederación de Nacionalidad Indígenas del Ecuador (CONAIE), pasando por el alzamiento zapatista de 1994, la rebelión popular que derrocó al presidente Abdalá Bucaram en Ecuador, en 1997, el Marzo Paraguayo de 1999 que hizo entrar en crisis a los gobiernos colorados. Ya en el nuevo siglo, destacan la Guerra del Agua y las dos Guerras del Gas en Bolivia (2000, 2003 y 2005), el Argentinazo de diciembre de 2001, la exitosa lucha campesina contra las privatizaciones en Paraguay en 2002, el levantamientos popular en Arequipa, Perú, contra las privatizaciones en 2002, y la movilización venezolana contra el golpe de estado en febrero de ese mismo año.
Este conjunto impresionante de luchas populares, modificaron la relación de fuerzas en nuestro continente, colocaron a los partidos neoliberales a la defensiva y facilitaron el acceso a los gobiernos de partidos y líderes opuestos al modelo asentado en el Consenso de Washington.
Junio de 2013, siempre es bueno poner una fecha emblemática, supone un viraje, un cambio de clima político que podemos resumir en una frase de cuño gramsciano: se terminó el consenso pasivo de las clases subalternas. Es cierto que en cada país se pueden colocar fechas distintas. La ocupación del Parque Indoamericano, en diciembre de 2010 en Buenos Aires, marca el comienzo de la reorganización de los sectores populares urbanos luego de una larga década de repliegue y cooptación por el kirchnerismo. La lucha contra la mina aurífera Conga en Perú, puede sumarse a dicha genealogía, caracterizada por la emergencia de nuevos sujetos colectivos.
Este trabajo quiere visibilizar algunos de estos procesos. Una parte de los artículos se refieren a los movimientos brasileños, desde la solitaria y pertinaz lucha de las Maes de Maio contra la impunidad, hasta la organización de los Sin Techo, los Comités Populares contra el Mundial y el Movimento Passe Livre, que protagonizó las jornadas de junio.
La experiencia de la Corriente Villera Independiente en Argentina recoge lo mejor del movimiento piquetero, focalizado ahora en las villas donde han conseguido crear y mantener espacios autónomos. Las organizaciones de mujeres paraguayas de los sectores populares, tanto campesinas como urbanas, han atravesado el período progresista de Fernando Lugo sin dejarse cooptar, y están mostrando la suficiente vitalidad y energía como para considerarlas uno de los núcleos de la recomposición del movimiento popular.
En la ciudad de México, gobernada hace décadas por el progresismo local, los barrios del Frente Popular Francisco Villa son muestra cabal de que, incluso en la gran ciudad, pueden nacer y crecer experiencias de autonomía y autogobierno. En la Venezuela chavista, la cooperativa de cooperativas CECOSESOLA es una de las más avanzadas experiencias colectivas de producción y distribución a gran escala, con gestión democrática de todos los espacios, incluyendo un maravilloso centro de salud.
Si hubiera que establecer un patrón común de estos movimientos, a los que debemos sumar los movimientos bolivianos y peruanos, los estudiantes agrupados en la ACES y los pobladores del MPL en Chile, podría resumirse en una palabra: autonomía. En el acierto o el error, han decidido tomar la vida en sus manos, construir sus propios espacios, abrir brechas en los territorios del poder para crear un mundo nuevo, diferente, no capitalista, en los márgenes del sistema.
Estamos ante una nueva generación de movimientos, diferentes a los que emergieron en las décadas de 1980 y 1990 en resistencia al modelo neoliberal. Los “nuevos nuevos” movimientos son menos jerárquicos, más horizontales, más adaptados para encarnar la vida cotidiana de los nuevos actores: jóvenes, mujeres, pobladores, indígenas y pobres en general. Son, por eso mismo, más heterogéneos y, sobre todo, no pretenden que la homogeneidad sea señal de buena salud ni de fortaleza política. Estos movimientos de nuevo tipo, sociedades en movimiento, cajas de resonancia de los abajos que se mueven, son el mayor motivo que tenemos hoy, por encima de todas las dificultades de este período tan difícil, para recuperar la esperanza y darle un sentido a lo que hacemos.

Raúl Zibechi

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Raúl Zibechi

Periodista uruguayo, forma parte del equipo del Semanario Brecha de Uruguay, colaborador de La Jornada de México, Rebelión.org y de otros medios de América Latina.
Ha publicado junto a Quimantú sus libros “Dispersar el poder, los movimientos como poderes antiestatales”, “Autonomías y emancipaciones. América Latina en movimiento”, “Progresismo, la domesticación de los conflictos sociales”, “Brasil Potencia, entre la integración regional y un nuevo imperialismo”, “Descolonizar el pensamiento crítico y las prácticas emancipatorias” y “Vientos sobre el progresismo. Cultivando el Sumak Kawsay”, “Cambiar el mundo desde arriba”, “Latiendo Resistencia”, “El mundo otro en movimiento” y, muy pronto, “La Revolución de 1968 desde América Latina”.
Ganador del Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí 2003, por sus investigaciones sobre los movimientos de resistencia que se gestaron en diciembre del 2000 en Argentina, y Doctor Honoris Causa de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), en Bolivia, como reconocimiento a su trabajo con los derechos del pueblo y con la aspiración legítima de su liberación. Es activo colaborador con organizaciones sociales, barriales y medios de comunicación alternativos.

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