PRESENTACIÓN DE “La Revolución de 1968 desde América Latina” de Raúl Zibechi

68 no es sólo el 2 de octubre y la dolorosa Plaza de las Tres Culturas.

68 no es sólo aquel Tlatelolco, aquel edificio Chihuahua contemplando, olímpicamente atónito y apenado, la matanza de niños, hombres, mujeres y ancianos, desarmados e inermes ante las tanquetas, los fusiles, las ametralladoras, la estupidez hecha gobierno.

68 no es sólo la plaza resumiendo y rezumando la sangre de tres culturas bajo la muerte decretada por un sistema político que hoy se mantiene y se reproduce sobre matanzas semejantes.

68 es también, y sobre todo, la Marcha del Silencio, el Poli, la UNAM y cientos de estudiantes de instituciones de educación superior viendo para abajo, el Topilejo de la autonomía popular, las asambleas, las pintas en los muros, las brigadas, los mítines relámpago, la calle subvertida y vistiendo la dignidad con ropajes nuevos. La calle como territorio de la otra política, la de abajo, la nueva, la luchadora, la rebelde. La calle hablando, discutiendo, haciendo a un lado automóviles y semáforos, pidiendo, reclamando, exigiendo un lugar en la historia.

68 es una ventana para ver y aprender de la abierta confrontación entre varias formas de hacer política, entre distintas maneras de ser humanos. 

Subcomandante Insurgente Marcos

 

 

Quisimos comenzar con las palabras del Subcomandante Marcos –hoy Subcomandante Galeano– porque retrata muy bien lo que Raúl Zibechi nos plantea en su nuevo libro que Editorial Quimantú lanza hoy en una nueva versión de la Primavera del Libro.

El 68, como dice el Subcomandante Galeano, permitió que florecieran formas otras de organización, que emergieran las voces populares, acalladas, marginadas, aquellas que venían “del sótano”, “de más abajo” y diera paso a movimientos de las “mal llamadas” minorías, que son como dice Raúl, la inmensa mayoría de la humanidad.

Y en ellas se centra Raúl en este libro. Nos hace un necesario refresca memoria de las variopintas experiencias emancipadoras que han recorrido Nuestramérica y que nos sirven para plantarle cara a un futuro, libre de la hidra capitalista, valorando, aprendiendo y des-aprendiendo, descolonizando los andares eurocéntricos, para caminar guiándonos por nuestras sabidurías ancestrales indígenas y negras, populares y anti-sistémicas.

Francesca Gargallo, quien prologa este libro, plantea que la Revolución de 1968 desbordó para siempre el patriarcado y es la que sostiene las demandas de los sectores populares, negros indígenas y migrantes que hoy ocupan los escenarios de resistencia en la economía, las relaciones sociales, las expresiones culturales y sus interpretaciones.

Para Raúl, el 68 fue una verdadera Revolución Mundial, aun cuando algunos-as historiadores planteen algo distinto. Siguiendo las ideas de Arrighi, Hopkins y Wallerstein, Zibechi nos recalca que fue una Revolución Mundial, así con mayúsculas, porque se trató de procesos que cambiaron “las reglas políticas de funcionamiento del sistema mundial de forma irrevocable” y que deja al menos cuatro legados:

a) El declive de la hegemonía estadounidense que cambió las relaciones Norte-Sur, evidente en las crisis financiera y económica del 2008.

b) El cambio en las relaciones de poder entre los grupos desfavorecidos, ésta quizá una de las consecuencias más importantes.

c) El cambio en las relaciones entre el capital y la clase obrera, es decir, la clase obrera se transforma, y es clave en la crisis del sistema capitalista y su mutación hacia el extractivismo o la acumulación por despojo; y

d) El cambio en las relaciones entre la sociedad civil y quienes administran el Estado.

De aquello han pasado 50 años, o más, porque para Raúl, el 68 latinoamericano no comenzó ese año, sino casi diez años antes, en 1959, con la Revolución Cubana, y termina abruptamente en 1973 con el golpe de Estado en Chile. Para él, ese ciclo de luchas de 1959-1973 dan sentido a la revolución de 1968, esa de estudiantes, de lucha armada, de obreros y campesinos.

Pareciera ser que hablar de 1968, fuese algo lejano, otro episodio más en nuestra larga historia de revueltas y revoluciones. Pero si empezamos a escarbar un poquito, en aquella superficie cubierta por el obligado polvo hegemónico de la desmemoria y el olvido, nos damos cuenta que como destellos asoman las experiencias de los y las de abajo en aquella Revolución, que tal como lo señala el prólogo del libro, no triunfó, pero sí lo cambió todo.

Mi abuela tendría 40 años y mi madre 13 para el 68. Digo esto porque no podría estar sentada aquí ni hacer lo que hago hoy, ni creer lo que creo, ni luchar por lo que lucho hoy, si no fuera por estas dos mujeres. Mi abuela, dirigenta en una población de La Serena, activa militante comunista, esas dirigentes de base, que creaban a pulso y con porfía jardines infantiles, actos por la memoria o muestras fotográficas sobre la Guerra de Vietnam en la población, sin duda estaba permeada por ese clamor popular que se respiraba no sólo en América Latina sino en el mundo entero. Mi madre, por otro lado, vivió una adolescencia marcada por la calle y la profunda convicción de que se podía cambiar el mundo, que por fin los pobres, los pobladores, los campesinos, los obreros, los estudiantes, las mujeres, eran sujetos y sujetas importantes para la revolución, y serían quienes traerían la tan ansiada justicia social.

Pero poco a poco, aquellas luces fulgurantes, llenas de rebeldía, de esperanzas y sueños, se fueron apagando una a una, con el contubernio de la burguesía y los militares, para dejar a Nuestramérica en penumbras. Aún con toda la represión, las desapariciones, las torturas, el exilio, la ignominia hecha realidad, fueron apareciendo y re-apareciendo nuevas formas de resistencia. Las madres de Plaza de Mayo, las cooperativas, los y las pobladores-as, los-as sin tierra, los-as campesinos, los pueblos indígenas y negros-as del continente, hartos de ser vapuleados, pisoteados y humillados, se levantaron, trazando sus nuevos destinos.

Destacamos en este sentido que Zibechi incorpore dos manuscritos que revelan la emergencia de estos nuevos actores e ideas para la emancipación y que trajeran consigo el 68: El Manifiesto de Tiwanaku y el ABC del Quilombismo, relevando las figuras de Constantino Lima quien redescubriera la whipala, la vieja bandera estandarte de los rebeldes de 1780 dirigidos por Túpac Katari y Abdias do Nascimento, quien desarrollara la propuesta del Quilombismo, como una ideología de liberación de los negros brasileños. Creo, creemos, en el contexto en que estamos en Chile y a nivel mundial, tremendamente importante no olvidar y releer a quienes se comprometieron con la lucha contra el eurocentrismo, el racismo y el colonialismo, así como también nombres como María Elena Moyano, mujer pobre y negra asesinada por Sendero Luminoso en Lima, encarnándose así el nacimiento de un feminismo de abajo.

Lamentablemente, levantarse del apagón, de las dictaduras que tienen sus ataduras hasta la actualidad, ha sido lento. Especialmente en Chile, el laboratorio neoliberal, donde hoy precisamente se celebra una victoria pactada hacia “la democracia”, que mientras tanto mata a luchadores sociales como Alejandro Castro o Macarena Valdés, o perpetúa la indolencia y la xenofobia con las muertes de Joseph Henry o Joane Florvil.

La invitación entonces es a leer a Raúl Zibechi, a recordar y no olvidar nuestras historias de luchas colectivas de Nuestramérica y a continuarlas. Como lo pregona el Quilombismo, reclamamos una sociedad anti-capitalista, anti-racista, antimperialista, anticolonialista y antipatriarcal y en ese camino seguimos adelante, con nuestras raíces en la conciencia y un porvernir en resistencia.

 

Mabel Cobos

Editorial Quimantú

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