Luna Ácida
Mauricio Torres Paredes
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DE LAS PASIONES TRISTES A LAS ALEGRES: Conciencia de la escritura, de la falla y de la memoria en Luna Acida de Mauricio Torres Paredes

Por Gonzalo Rojas Canouet

“Con los pies en el aire

Y la cabeza en el suelo

Intenta este truco y gira

Tu cabeza colapsará

Si no hay nada dentro de ella

¿Dónde está mi mente?”

PIXIES

 

Luna Ácida (2019) de Mauricio Torres Paredes es un viaje de conciencia o de un modo de adquirirla, en este caso desde la poesía. Habría que preguntarse cómo es esta poesía o qué función y finalidad tendría en la conciencia del viaje que emprende el poeta. Pausa.

Este viaje es cíclico, como la Luna merodeando a la Tierra. Su acidez es el paladeo de los versos que contienen una galería de imágenes de un mundo a punto de caer, explotar y autodestruirse. El viaje comienza solo, tal como aparece en la portada y finaliza con un trío Selknam, del yo al nosotros, del individuo a la comunidad, presente y pasado, un eterno retorno, casi. Una falla que la escritura irá diseñando. Otra pausa.

El poeta es consciente de su devenir histórico, lo contrario a eso, es la decoración y ornamentismo palabresco. Comienza diciendo: “Me puse la chaqueta de mezclilla/al encuentro de mi maestro fui” (7) y cierra el libro con: “Las máscaras que sosteníamos/eran de los viejos dioses de esta tierra (…) Es hora aunque estas no existan/de merecer lo que has soñado/cómo saber si resulta/hay una luz siempre hay una luz” (64-65).

La conciencia de ser nuestro propio maestro en el camino trazado, que no se tiene idea de su pulsión. Es el viaje que la tradición de la poesía tiene en nombres de sobra: Homero, Mallamé, Blake, Yeats, Rimbaud, De Rokha, Celán y Huidobro, suma y sigue. Es en este viaje que el yo se encuentra con un nosotros en un mundo colapsado, monológico y de pasiones tristes. Es la posibilidad de una comunidad y no tanto del otro de Rimbaud. No es una voz que habla por todos, no! Jamás! Es una voz hambrienta y deseosa de nombrar y nombrarse, agudizando la palabra, que quiere afectarse de alegría. Es más spinoziano este ejercicio poético. ¿Cómo lo hace? Spinoza diría: “La alegría es el paso del hombre de una menor a una mayor perfección”, sabemos que esta perfección a que se refiere es la del ser parte de la naturaleza (dixit Dios). Acá, humildemente, le llamaremos conciencia. Respondo o intento hacerlo a la pregunta hecha antes, yendo a las pasiones tristes, es decir, el mundo: “Le dije al viejo Muérete/y al niño aprende a morir” (21). Este poeta viaja desde su inconsciente a la galería de imágenes del mundo, un viaje dual: la soledad y la nostalgia personal con el apocalipsis del entorno: “Sobresaltó la epidermis de las cosas/comenzando a llenar señales con señales/tratando de encontrarlas en el torbellino/del ruido humano trasplantado/encontrándolos para ensuciarlas/y que se eleven y cuelguen de mi” (9).

Si hablamos de rabia y odio en este libro, cosa que siempre me han sugestionado mucho en la poesía, acá, están más contenidos: las imágenes del Chile neoliberal son parte de esta galería. Lo precario del presente, un país que se fagocita a sí mismo.

Si el mar es nuestro inconsciente cuando nos sentamos en la orilla de una playa, Mauricio hace lo mismo pero desde lo citadino, el mar humano es su inconsciente donde apunta, los iluminados por la acidez de la luna, pero algunos se hacen parte de la luz de esa luna (“hay una luz siempre hay una luz”): su voz sabe del miedo, por eso a ratos se contiene, por eso su tono es casi siempre nostálgico. Rememora un pasado, en especial el de la infancia y la adolescencia, con amigos, la patota y el barrio. Pero ahora Mauricio Torres, adulto, sabe que no cuenta con aquello, es el relámpago benjaminiano que sabe y es consciente (y melancólico) que perdiste algo que jamás volverás a tener, el pasado. La escritura (la nostalgia en este caso) es lo que servirá de flash del relámpago del pasado para instalarlo en el presente. Es la conciencia del presente que se transforma en una fractura de la propia conciencia del poeta: “Nacer no es bueno ni malo/Algunos nacen en la fe/pero hay que saber nacer/aprender a lagrimearse/Eso entrega la energía/que aún no sé cómo llamar” (29).

La escritura poética tiene en este libro una función y una finalidad, salir del miedo, y mirarlo como es. Si pueden ver los poemas alusivos a las cicatrices, al sexo (“a cachas…”), a los microbios, saliva. En definitiva, pura corporeidad. Ahí se manifiestan las pasiones que van desde el miedo (tristes) a las alegres. Nuevamente, Spinoza nos hablaría sobre los cuerpos (naturaleza) que devienen de la unión y separación de lo perfecto de lo imperfecto. Mauricio Torres Paredes escribe desde el vaivén de lo triste a lo alegre. Finalmente, su corporeidad habla y logra en su conciencia (que es cuerpo, al menos escritural) ir hacia lo alegre o potenciarse en ello: “Al final del hermoso poema Mapocho, dice, siguiendo lo que he estado diciendo: “A mí no me desaparecieron// me desaparecí solo// Entre los recovecos y paisajes sin salida/aprendo a usar la fisura de mi piel/ para salir y entrar sin permiso//Esa voluntad inmediata nadie me la regaló/la gané atreviéndome a decir y lo comprobé/manteniendo un manoseo de vida/jugando con temor//Atreviéndome” (32).

Torres Paredes, plantea, ya desde su conciencia de poeta –que lo hace saber del por qué escribe, de sus tonos y, obviamente, de saberse poeta- nos habla de una palabra que aparece en algunos versos, la falla. Esa fisura penetrada por la poesía: “Si bien la memoria individual, consciente o inconsciente, la memoria colectiva y la memoria histórica son ineludibles armas para denunciar la manipulación que se hace de la verdad lógica, como fuente de una ideología hegemónica que se está utilizando para seguir domesticando en el individualismo, el consumismo y la indiferencia humanitaria, se hace necesaria también una memoria que signifique la verdad estética: he aquí mi propuesta de la memoria de la falla, aquella que se busca desde la poesía en este caso, buscando en los sentidos y aconteceres en los que irrumpe y se manifiesta la poesía”[1].

La poesía como acto del arte, pero para llegar a eso debe vivirse lo que se escribe, una antagonía a Lihn. Se vive para escribir. Se experimenta la vida para ser conciencia escritural. El poema es una falla, una fisura que expone la tragedia y la comedia vital, en ese pequeño y monumental espacio de un verso o miles de éstos, un grano de la voz diría Barthes: aquella escritura expuesta y escondida a la vez. Lo bello y lo patético en un solo acto, como el I Ching; la escritura sosteniendo lo más maravilloso y despreciable del ser humano, tal como lo expone Mauricio en otro hermoso poema, Paloma. El movimiento día a día de la luna, se contempla ácidamente para ser entendida o como al poeta le da por entenderla.

 

[1] En “Hacia la memoria de la falla”. Poesía sobre poesía: ensayos de poetas chilenos. Ediciones Universidad academia de humanismo Cristiano: Santiago, 2019, p.115.

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Luna Ácida
Mauricio Torres Paredes

DE LAS PASIONES TRISTES A LAS ALEGRES: Conciencia de la escritura, de la falla y de la memoria en Luna Acida de Mauricio Torres Paredes

Por Gonzalo Rojas Canouet

“Con los pies en el aire

Y la cabeza en el suelo

Intenta este truco y gira

Tu cabeza colapsará

Si no hay nada dentro de ella

¿Dónde está mi mente?”

PIXIES

 

Luna Ácida (2019) de Mauricio Torres Paredes es un viaje de conciencia o de un modo de adquirirla, en este caso desde la poesía. Habría que preguntarse cómo es esta poesía o qué función y finalidad tendría en la conciencia del viaje que emprende el poeta. Pausa.

Este viaje es cíclico, como la Luna merodeando a la Tierra. Su acidez es el paladeo de los versos que contienen una galería de imágenes de un mundo a punto de caer, explotar y autodestruirse. El viaje comienza solo, tal como aparece en la portada y finaliza con un trío Selknam, del yo al nosotros, del individuo a la comunidad, presente y pasado, un eterno retorno, casi. Una falla que la escritura irá diseñando. Otra pausa.

El poeta es consciente de su devenir histórico, lo contrario a eso, es la decoración y ornamentismo palabresco. Comienza diciendo: “Me puse la chaqueta de mezclilla/al encuentro de mi maestro fui” (7) y cierra el libro con: “Las máscaras que sosteníamos/eran de los viejos dioses de esta tierra (…) Es hora aunque estas no existan/de merecer lo que has soñado/cómo saber si resulta/hay una luz siempre hay una luz” (64-65).

La conciencia de ser nuestro propio maestro en el camino trazado, que no se tiene idea de su pulsión. Es el viaje que la tradición de la poesía tiene en nombres de sobra: Homero, Mallamé, Blake, Yeats, Rimbaud, De Rokha, Celán y Huidobro, suma y sigue. Es en este viaje que el yo se encuentra con un nosotros en un mundo colapsado, monológico y de pasiones tristes. Es la posibilidad de una comunidad y no tanto del otro de Rimbaud. No es una voz que habla por todos, no! Jamás! Es una voz hambrienta y deseosa de nombrar y nombrarse, agudizando la palabra, que quiere afectarse de alegría. Es más spinoziano este ejercicio poético. ¿Cómo lo hace? Spinoza diría: “La alegría es el paso del hombre de una menor a una mayor perfección”, sabemos que esta perfección a que se refiere es la del ser parte de la naturaleza (dixit Dios). Acá, humildemente, le llamaremos conciencia. Respondo o intento hacerlo a la pregunta hecha antes, yendo a las pasiones tristes, es decir, el mundo: “Le dije al viejo Muérete/y al niño aprende a morir” (21). Este poeta viaja desde su inconsciente a la galería de imágenes del mundo, un viaje dual: la soledad y la nostalgia personal con el apocalipsis del entorno: “Sobresaltó la epidermis de las cosas/comenzando a llenar señales con señales/tratando de encontrarlas en el torbellino/del ruido humano trasplantado/encontrándolos para ensuciarlas/y que se eleven y cuelguen de mi” (9).

Si hablamos de rabia y odio en este libro, cosa que siempre me han sugestionado mucho en la poesía, acá, están más contenidos: las imágenes del Chile neoliberal son parte de esta galería. Lo precario del presente, un país que se fagocita a sí mismo.

Si el mar es nuestro inconsciente cuando nos sentamos en la orilla de una playa, Mauricio hace lo mismo pero desde lo citadino, el mar humano es su inconsciente donde apunta, los iluminados por la acidez de la luna, pero algunos se hacen parte de la luz de esa luna (“hay una luz siempre hay una luz”): su voz sabe del miedo, por eso a ratos se contiene, por eso su tono es casi siempre nostálgico. Rememora un pasado, en especial el de la infancia y la adolescencia, con amigos, la patota y el barrio. Pero ahora Mauricio Torres, adulto, sabe que no cuenta con aquello, es el relámpago benjaminiano que sabe y es consciente (y melancólico) que perdiste algo que jamás volverás a tener, el pasado. La escritura (la nostalgia en este caso) es lo que servirá de flash del relámpago del pasado para instalarlo en el presente. Es la conciencia del presente que se transforma en una fractura de la propia conciencia del poeta: “Nacer no es bueno ni malo/Algunos nacen en la fe/pero hay que saber nacer/aprender a lagrimearse/Eso entrega la energía/que aún no sé cómo llamar” (29).

La escritura poética tiene en este libro una función y una finalidad, salir del miedo, y mirarlo como es. Si pueden ver los poemas alusivos a las cicatrices, al sexo (“a cachas…”), a los microbios, saliva. En definitiva, pura corporeidad. Ahí se manifiestan las pasiones que van desde el miedo (tristes) a las alegres. Nuevamente, Spinoza nos hablaría sobre los cuerpos (naturaleza) que devienen de la unión y separación de lo perfecto de lo imperfecto. Mauricio Torres Paredes escribe desde el vaivén de lo triste a lo alegre. Finalmente, su corporeidad habla y logra en su conciencia (que es cuerpo, al menos escritural) ir hacia lo alegre o potenciarse en ello: “Al final del hermoso poema Mapocho, dice, siguiendo lo que he estado diciendo: “A mí no me desaparecieron// me desaparecí solo// Entre los recovecos y paisajes sin salida/aprendo a usar la fisura de mi piel/ para salir y entrar sin permiso//Esa voluntad inmediata nadie me la regaló/la gané atreviéndome a decir y lo comprobé/manteniendo un manoseo de vida/jugando con temor//Atreviéndome” (32).

Torres Paredes, plantea, ya desde su conciencia de poeta –que lo hace saber del por qué escribe, de sus tonos y, obviamente, de saberse poeta- nos habla de una palabra que aparece en algunos versos, la falla. Esa fisura penetrada por la poesía: “Si bien la memoria individual, consciente o inconsciente, la memoria colectiva y la memoria histórica son ineludibles armas para denunciar la manipulación que se hace de la verdad lógica, como fuente de una ideología hegemónica que se está utilizando para seguir domesticando en el individualismo, el consumismo y la indiferencia humanitaria, se hace necesaria también una memoria que signifique la verdad estética: he aquí mi propuesta de la memoria de la falla, aquella que se busca desde la poesía en este caso, buscando en los sentidos y aconteceres en los que irrumpe y se manifiesta la poesía”[1].

La poesía como acto del arte, pero para llegar a eso debe vivirse lo que se escribe, una antagonía a Lihn. Se vive para escribir. Se experimenta la vida para ser conciencia escritural. El poema es una falla, una fisura que expone la tragedia y la comedia vital, en ese pequeño y monumental espacio de un verso o miles de éstos, un grano de la voz diría Barthes: aquella escritura expuesta y escondida a la vez. Lo bello y lo patético en un solo acto, como el I Ching; la escritura sosteniendo lo más maravilloso y despreciable del ser humano, tal como lo expone Mauricio en otro hermoso poema, Paloma. El movimiento día a día de la luna, se contempla ácidamente para ser entendida o como al poeta le da por entenderla.

 

[1] En “Hacia la memoria de la falla”. Poesía sobre poesía: ensayos de poetas chilenos. Ediciones Universidad academia de humanismo Cristiano: Santiago, 2019, p.115.

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Mauricio Torres Paredes

(Santiago de Chile, 1973). Comienza a escribir a los 17 años de edad fascinándose por la literatura de vanguardia. Este escritor se hace parte de la resistencia al régimen militar, por medio de su poética y a través de sus cuentos y compromiso social, hace suya la voz de los reprimidos y de las minorías marginadas y automarginadas. En 1989 crea la revista literaria Melancolía. Experimenta en la dramaturgia creando dos obras teatrales: “Autopsia” (1993) y “Misántropo, la muerte de dios” (1995). En 1995 comienza la publicación de su “Trilogía de Fin de Siglo”, con el libro “Al mundo le aze falta un orgazmo maz” (1997), seguido por “Adicción, Adicción” (1999) y concluida por “El Futuro Prometido” (2001). El 2004 publica la antología “Orgasmos” con Quimantú. El 2005 publica el libro-objeto “Todas las Playas del Planeta” en donde se conjuga la poesía, la fotografía y la gráfica.

Y tú, ¿Qué dices?